Puntos suspensivos
Es un “secreto a voces” que el pueblo ecuatoriano exige cambios profundos, cambios que le permiten mejorar sus condiciones de vida.
Exige porque se le dé una educación que le permita afrontar los retos actuales.
Exige que haya políticas de Estado para que la medicina llegue a todos. Exige preocupación porque se encuentren opciones para dar trabajo a todos. Estas exigencias, de una o de otra manera, son lanzadas al espacio por todos los candidatos a la presidencia o al Congreso Nacional. Todos los que aspiran al poder ofrecen que, si llegan a gobernar, harán los cambios que el pueblo exige. Pero el pueblo ve con dolor, con desesperación y con angustia cómo todos los que llegan al poder, uno tras otro, de la simple promesa electoral, no pasan.
Todos aplican el viejo dicho popular de “yo te ofrezco, busca quién te dé”.
Estas políticas engañadoras deben terminar para siempre. Los que se burlan del pueblo deben entender que no se pueden burlar de él por toda la vida. Los pueblos del mundo están en ebullición. Todos se levantan para exigir ser atendidos en debida forma porque si no lo son a las buenas, van a hacerse oír por las malas. Por eso es necesario que Rafael Correa, que acaba de darle una paliza a su adversario, a pesar de la jugosa chequera que puso en movimiento para ganar el poder, sea lo que ha ofrecido ser: “Un instrumento para el cambio que el pueblo exige”. Ese cambio demanda reformas políticas de fondo, reformas económicas, reformas éticas, reformas educacionales. Es decir, reformas que permitan regenerar la república que está podrida.
Correa ha dicho que la Asamblea Constituyente no es negociable. Así espera el pueblo que sea. Correa ha dicho que va a consultarle al pueblo si ordena que se reúna una Asamblea constituyente. Y si el pueblo dice que sí a esa consulta, no hay más que oírle al “soberano” y obedecer su santa voluntad. Si dice que no, sencillamente no hay asamblea y el pueblo empezará a buscar los caminos que crea más conveniente y procedentes para llegar a los cambios que exige a gritos. Por lo tanto, no hay que temerle a la voluntad popular.
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